Extraña extranjería

“És la historia d’un desplaçament.
Més ben dit, d’una infinitat de
desplaçaments,
voluntaris,
no voluntaris,
somniats
o temuts.
Vaig d’un punt fins a un altre,
d’un dins a un fora.
i en el camí, hi ha espais de transició,
punts de trobada,
zones de conflicte.
Aquí, tinc la possibilitat, per un
moment.
de posicionar-me,
de pensar-me
d’inventar-me.
Estic dins
estic fora
de què?
estic dins
estic fora
de què?
(Proyecto La Travesía. Transformas. Artes escéncias y Transformación)

La figura del inmigrante, por supuesto extracomunitario, se mueve en el terreno de la extraña extranjería. Aquellos no reconocidos en su humanidad, se perciben como sujetos raros o diferentes porque alteran nuestra ilusión de mismidad. Tanto es así que en realidad las políticas de asimilación/integración/inclusión se orientan, lo reconozcan o no, hacia la clausura de esta angustia que provoca la diferencia. La diversidad viene entonces a ocupar el lugar de la disolución de esa diferencia inquietante. Las políticas de inmigración, las instituciones de segregación, las violencias sociales múltiples, así como otros programas aparentemente más humanos y bien intencionados pretenden ordenar, tratar, visibilizar, reducir o borrar esta extranjería que tanto (nos) molesta. Pero nunca y digo nunca reconocen el sufrimiento del otro, porque ello supondría reconocer a un Sujeto. Y no a cualquier sujeto, sino a un sujeto político semejante a nosotros. Y porque supondría también angustiarnos de un modo alarmante. Algo que nos desarma frente al otro y que, nos guste o no aceptar, siempre intentamos evitar.
Hablar de estos otros, es hablar de la distribución desigual del sufrimiento, de un sufrimiento para el que no hay palabras ni actos. Por mucho que se quiera enmendar es irreparable. El sufrimiento sin fin para el que no existe ni espacio, ni consuelo. Esto es lo que deberíamos poder soportar. Nuestra imposibilidad para cerrar este hueco, este vacío. Este afuera del lenguaje y de lo simbólico que supone el sufrimiento, esta soledad inabarcable que lo acompaña y que siempre, de un modo u otro, nos demos cuenta o no, intentamos clausurar.

Esto es lo que creo nos concierne: reconocer los sufrimientos indecibles construidos socialmente. Pero esto no puede afrontarse debidamente sin una reflexión individual y colectiva que señale las negaciones, invisibilizaciones y distorsiones sistemáticas que producimos sobre el dolor propio y ajeno.

…..No creo que lo que nos pase con el otro racializado sea muy diferente de lo que nos pasa en otros terrenos. La comprensión de este otro como alguien a quien tratar, corregir, controlar, ordenar, incluso cuidar, como otro inferiorizado u objetualizado que nos permite un ejercicio de dominación más o menos explícito. El otro como “un nadie”, como esos nadies de los que hablaba Eduardo Galeano, se producen y reproducen incesantemente en cada una de las maneras de mirar o más bien de no-mirar al otro. Algo que está relacionado con vidas ninguneadas que no tienen valor, al menos el mismo valor que las nuestras (blancas, occidentales, masculinas, capaces…).

La cultura patriarcal, en perfecta sintonía con los valores de mercado, es la que está operando sistemática detrás de estos modos de comprender al otro. La acumulación de capital, la propiedad, la explotación de los recursos naturales, la rentabilización, la supremacía de los valores de la independencia, la autonomía o la razón en detrimento de las interdependencias, los afectos o los cuerpos, la apología sistemática de la violencia, entre otros, son el fundamento de nuestras políticas de inmigración y segregación. Son las mismas lógicas que despliegan una distribución desigual del sufrimiento, son las mismas lógicas que deshumanizan a unos y entronizan a otros. Cabe entonces pensar en una reflexión que vaya mucho más atrás. Situada en lo que nos concierne como humanos, en la transversalidad de esta humanidad, es decir, en la pregunta permanente sobre ¿qué es lo que nos hace humanos? Quizá lo que nos hace humanos es la vulnerabilidad común, la posibilidad de ser dañados y la interpelación ética que esta condición humana reclama. La vulnerabilidad común nos atraviesa a todos por igual. Todos somos seres necesitados de cuidados. La vida es posible y se sostiene desde ahí. Pero a la vez, no todos somos igualmente dañados o cuidados en nuestra vulnerabilidad. Hay una profunda desigualdad e injusticia en esta cuestión alimentada por su invisibilización. Es decir, sumada a la vulnerabilidad común, existe una vulnerabilidad problemática construida desde la mala gestión de la primera.

Además, existe una negación social de esta condición humana de vulnerabilidad común y de los cuidados en nuestras vidas. En realidad, la precarización del sector de los cuidados está relacionada con esta negación. Reconocernos por tanto como seres vulnerables es el primer paso para pensar un tipo de organización social que priorice la vida frente al capital. Huelga decir que hasta día de hoy todo lo que aniquila lo humano (sean inmigrantes, mujeres, personas con diversidad funcional o lo que sea) es producto de la centralidad que toma el capital en nuestras sociedades; una centralidad sostenida, sin duda, por los valores del patriarcado. Y no todos los subproductos de este patriarcado son evidentes y sangrientos. Tampoco no todos se reproducen de arriba abajo. Ni siquiera de lo hegemónico a la subalterno, sino en múltiples direcciones. La violencia radical se construye día tras día a partir de exclusiones múltiples y actos cotidianos. Se trata de un tejido de microviolencias que finalmente configura y fabrica los contextos patógenos y deshumanizados en los que vivimos. Por tanto, urge volver a pensarnos desde lo que nos iguala, desde lo que nos concierne a todos y todas para poder, desde este lugar, revisar las políticas catastróficas que aniquilan la vida.

Hablamos siempre de las fronteras territoriales olvidando que estas se construyen desde las interiores. Entonces, ¿cómo nos dividen las fronteras en nuestras subjetividades? ¿Cómo se fracturan las psiques desde estas divisiones interiores? ¿Cuánto hay de las exclusiones exteriores en nuestro interior? ¿Y qué lugar hay en todo esto para poder mirar el rostro del otro como un rostro humano? ¿Podemos aprender a pensar y transitar habitando las fronteras (interiores y exteriores)? ¿Podemos pensarnos en los cruces, en los límites, en los lugares de todos y de nadie? ¿En los mestizajes subjetivos más radicales? Hablo de aprender a habitar el límite, la frontera, también las interiores, las mentales y afectivas. Aprender a tocar y a tocarse, a afectar y dejarse afectar. A cuidar las vulnerabilidades propias y ajenas por supuesto. Pero todo ello no puede hacerse sin el otro, sin su rostro, sin aprender a mirar, de otro modo, y sin desplazar muchas cuestiones profundamente naturalizadas y enraizadas en nuestras conciencias e inconsciencias.

Vulnus

Proyecto VULNUS (Compañía TRANSFORMAS. Artes escénicas y transformación. Fotografía: Toni Pié Balaguer  Video: Toni Pié Balaguer, Asun Pié Balaguer

Asun Pié Balaguer

Professora dels Estudis de Psicologia i Ciències de l’Educació UOC

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